Shrub

La noche es calurosa. Estoy en pantalones cortos y camiseta, andando con mi música en los oídos. Siempre he escuchado música de manera compulsiva. Estoy yendo a casa por el camino habitual, Gran Vía y Paseo del Prado. Es más largo, pero me gustan esas calles grandes. A veces prefiero las pequeñas e ir zigzagueando, pero de noche suelo preferir las grandes. Se respira mejor.

Me encanta vivir aquí. Esta ciudad me ha dado todo tipo de experiencias. He llorado, reído, gritado, amado, perdido. He vivido cosas que quisiera repetir eternamente y cosas que me gustaría no recordar ni un segundo más. He sido amante, novia, amiga y madre de una bola de pelos. Esta ciudad me ha visto crecer y madurar. Gracias a ella he evolucionado y soy quien soy hoy.

Mi momento preferido es pasar por el jardín vertical. Siempre me doy la vuelta y me quedo mirándolo durante unos buenos minutos. Es precioso. No lo he visto dos veces igual. Descubro detalles que no había visto o que no estaban, ya que cambia con las estaciones.

Desde que te conocí, ya no lo veo con los mismos ojos. Para mí era el jardín vertical del CaixaForum, algo maravilloso que otorga belleza a una aburrida pared. Y ahora solo puedo ver tu cara de bicho diciendo “pues un seto” aquella noche. ¡Un seto! Una risa asoma por mis labios cada vez que lo pienso. Qué intrepidez por tu parte. Me ves, maravillada por el esplendor del jardín, perdida en su belleza y dices “pues un seto”. No pude reírme más.

Ha pasado ya mucho tiempo desde eso. Nos hemos visto algunas veces. No las suficientes en mi opinión. De vez en cuando vienes tú. A veces voy yo. Queremos más, pero la realidad es la que es. Tú vives allí, yo aquí.

Estoy cerca del “seto”. Dentro de cinco minutos llegaré a él. Podré girarme, admirarlo y observarlo como siempre. Añadiendo la risa que no podré evitar pensando en ti.

Qué buenos momentos pasamos juntos. Supe desde el principio que sería fácil enamorarme de ti. Tu naturalidad, tranquilidad, facilidad para hacerme reír, tus ganas de complacerme, tu manía de perderte y tus ganas de perderte conmigo. Nuestra facilidad para hablar de todo y nada, nuestras ganas de besarnos en cuanto estuviésemos a solas, nuestras caricias robadas en tu coche. Y no olvidemos lo bien que nuestros cuerpos se enlazan, descubriendo nuevas cumbres de placer.

El aire es más fresco. En verano lo riegan de noche. Noto la humedad en el aire. Me recuerda a tu ciudad, tan cerca del mar. Esta humedad no tiene sal, pero solo tengo que buscarla en mi memoria. Escucho las gotas de agua caer al suelo, interrumpido ocasionalmente por un coche que pasa. Un goteo que recuerda a una lluvia fina, como la que nos pilló la primera vez que fui a tu ciudad, la que nos hizo refugiarnos en tu casa y nuestras pieles.

Me giro y lo veo. Verde y ocre, los colores que caracterizan esta estación. Hace tiempo que no pasaba a verlo, ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. A cada vez me sorprendo de lo bonito que es.

Escucho una voz masculina decir cerca de mi oído: sabía que pasarías por aquí hoy, no lo puedes evitar. Me doy la vuelta asustada.

– No te asustes, solo soy yo.

– Pero, ¿¡qué haces aquí?!

– He venido a darte una sorpresa, claro. Sabía que vendrías a ver tu seto preferido después de la semana que has tenido. Tengo algo que contarte y quería poder besarte cuando lo hiciera. He venido esta mañana para hacer una entrevista en persona. Me han ofrecido un puesto de trabajo aquí. Voy a vivir en tu ciudad y convertirla en la mía. Tengo la firme intención de verte más que unos días al mes. Voy a besarte y llevarte ahora mismo a la cama.

Me dejé llevar a donde quisieras.

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