—¿Por qué te ríes?
—Es cómo me miras.
—¿Cómo que como te miro?
—¿Nunca te has visto cómo te miras?
—¿Cómo me voy a ver cómo me miro?
—Cierto. Bueno… pues… miras muy intenso.
—¿Intenso?
—Sí, es como si con una mirada intentas conocer todos mis secretos.
—¿Tienes muchos?
—Todos tenemos secretos.
—No todos.
—Pues ves, es como si al mirarme se abrieran todas las puertas, todas las barreras se disipan.
—¿No estás exagerando un poco?
—No. De verdad que no. Deberías mirarte.
—No creo que consiga ver lo que tú ves. Al fin y al cabo, si te miro como te miro es porque te estoy mirando a ti.
—¿No eres tú el que está exagerando ahora?
—No he dicho nada aparte de “te estoy mirando a ti”.
—Y lo dices mirándome de esa manera y como si nada. Madre mía, no te das cuenta. Debo estar roja. Lo noto. ¿Estoy roja?
—Lo estás. Y te estás riendo otra vez.
—Te lo he dicho. Es como me miras. Nunca sé si vas a decirme algo bonito como ahora, un pensamiento filosófico o una pregunta profunda.
—¿Una pregunta profunda?
—Sí, ya sabes, algo con mucho significado. Aunque la verdad con una mirada penetrante como la tuya puedes preguntar que dónde compro el pan que me va a parecer significativo. ¿Ves? Mira cómo de nerviosa me pongo que no me callo.
—¿Qué tipo de pregunta es una pregunta profunda?
—A qué le tengo miedo, por ejemplo.
—¿Y a qué le tienes miedo, querida?
—A ti.