Estamos andando por una de las calles principales de la ciudad que fue la razón de nuestra ruptura. Bueno, seamos honestos. La ciudad no es la que realmente tuvo la culpa. Fue la distancia que se hizo entre nosotros debido a su localización.
Muchos años odié esta ciudad. Pero la culpa no era de la ciudad o tuya por mudarte a ella. La culpa la tuvo nuestra relación que no supo, o no quiso, evolucionar.
Durante casi una década evité visitarla. Si alguien proponía pasar por allí, encontraba una manera de desviar el viaje. Si alguien decía de pasar unos días en ella, yo tenía excusas preparadas.
Tú y yo habíamos mantenido el contacto todos estos años. Intentábamos ser amigos a nuestra manera. Si nos veíamos, era en mi ciudad, no en la que se convirtió en tuya. Yo todavía no era capaz de reconciliar mis sentimientos y me resultaba imposible no asociar tu ciudad con nuestra ruptura.
Hace un año, por fin, decidí visitarla. Fue una decisión espotánea y cogí el coche una hora tras haberla tomado. Fui sola y no le dije a nadie donde iba. Ni siquiera dije que me iba.
Estuve tres días empapándome de su personalidad y permitiéndome entender, al fin, que eligieras quedarte y hacer de ella tu nuevo hogar.
Al volver te escribí. Nada importante. Uno de estos mensajes de “hey, he pensado en ti” que dice más el hecho que el contenido del mensaje en sí.
Pasaron los meses y hubieron más mensajes. También hubo alguna visita por tu parte. Se atisbaba un cambio en la relación, estábamos más distendidos, dejábamos el rencor pasar.
Pasaron más meses y hubo un mensaje por mi parte que promulgó un cambio. “Ya es hora de que vaya a visitarte yo, ¿no crees?”.
Me recogiste en el aeropuerto y al abrazarme me susurraste que sí, que ya era hora.
Esa noche nos adentramos en la ciudad de la cual ahora soy capaz de ver su encanto. Paseamos sin rumbo fijo, abiertos a la improvisación y posibilidades. Nos dejábamos caer en un sitio u otro, generando complicidad y descubriendo quiénes éramos ahora.
Estamos andando por una de las calles principales de la ciudad culpable únicamente de la increíble felicidad en la que te veo sumido. Pobre ciudad, no se merecía tanto odio tanto tiempo. Espero que me perdone si sigo andando por sus calles, descubriéndola y descubriéndote. E incluso descubriéndome y descubriéndonos.