Esta despedida me pilla de sorpresa. ¿Despedirme de ti? ¿Cómo se hace eso?
Ya sé que parece que ya nos hemos dicho adiós, teniendo en cuenta que llevamos un año o más sin hablarnos. Pero para mí nunca fue un adiós, siempre fue un hasta luego, hasta que, egoísta de mí, pusiera mi vida en orden. Y ahora míranos, yo dejando flores para que se consuman contigo.
Nunca estabas lejos en mis pensamientos. Ahí está Álvaro en mi salón; en mi estantería, viéndome todos los días y yo saludándole silenciosamente. Rojo como el demonio, rojo como tu segundo color preferido. Su nombre lo lleva en tu honor. Poco honor si lo pensamos. Si pensamos bien, todo lo que hiciste por mí y conmigo cualquier cosa que haga yo será insuficiente.
Siempre recordaré tu sonrisa frente a la adversidad, tu apoyo inquebrantable y sobre todo tu inhabilidad para elegir algo que beber.
Me entristece que por mi desaparición no sientieras que estuviera ahí para confiarme que estabas enfermo. Lo entiendo, claro. Pero me hace odiarme un poco. Siempre digo que aunque no mantenga el contacto, estoy ahí. Pero ya veo que no es suficiente. Debería de haberlo hecho mejor.
Imagino que las despedidas se transforman en disculpas cuando no has hecho nada bien. Y no sabes cuánto siento que no hayas tenido más tiempo para poder arreglar las cosas contigo.
Adiós, pues, Álvaro. Siempre te llevaré conmigo en el salón.